Hace ya unos cuantos años –cómo pasa el tiempo– que me practicaron aquella intervención laparoscópica.
Meses antes había acudido a Urgencias por un fuerte dolor en el costado derecho y una sensación de mareo. Vivo cerca del hospital, pero me tuvo que llevar en coche L., mi pareja en aquellos tiempos, porque no podía andar por el dolor. Allí, una doctora me diagnosticó un cólico nefrítico. Y no cambió la doctora de idea cuando en la radiografía no apareció cálculo alguno.
– Probablemente es una especie de arenilla –dijo–, que en las radiografías no se ve.
Pasaron dos semanas hasta que, tras una ecografía que me hicieron, por insistencia de L., que es enfermera de la casa, me descubrieron el cáncer.
Recibí el diagnóstico correcto con una sensación extraña, con sorpresa y fatalismo, lo reconozco, hasta el punto de que empecé a preguntarme por mi fecha de caducidad. En los días siguientes incluso preparé algunas cosas considerando hipótesis radicales. Por si acaso.
Aun viviendo en un país de tanta tolerancia al error como este, debe ser posible, pienso, que se mencionen los errores sin que quede feo para evitar su repetición y que se retrasen las medidas necesarias.
Y lo que tenía que decir no era sino: “si un paciente tiene síntomas de cólico nefrítico, o parecidos, y con las radiografías no se detectan piedras en el riñón afectado, es preciso hacer una ecografía para ver si se trata de un cáncer y no de una arenilla invisible”.
De todos modos, dejé el asunto de comentar el error con la doctora que me atendió en Urgencias en manos de L. y me olvidé de él.
De la operación para extirparme el riñón no me enteré. Tanto fue así que pasó una cosa que merece ser contada, en mi opinión. En algún momento me vi en una gran sala, metido en una camilla y en medio de unas cuantas camillas ocupadas más. No sé cuánto tiempo pasó, solo sé que la espera puso a prueba mi paciencia, cuya solidez lamento no poder contar entre mis virtudes.
Cuando finalmente se acercaron mi pareja y mi cuñado, me dirigí a ella con un poco de mal humor:
– ¿Qué pasa, L.? ¿No me has dicho que me iban a operar ya? Llevo una hora esperando aquí.
– ¡Seis horas! –intervino el cuñado, con un leve timbre de escándalo en la voz–. Seis horas han estado operándote.
– ¿Eh? –dije–. O sea… ¿Me han operado ya?
– Sí –confirmó L.–; la doctora tuvo su trabajo contigo. Se ve que tenías un número anormal de vasos conectados con el riñón. Eres raro hasta por dentro.
– ¡Seis horas! –repitió el cuñado innecesariamente.
Durante la convalecencia recibí una visita de la familia con mis hijas, una adoptada en China y otra en Barcelona, salida de la barriga de una inmigrante africana enferma.
(Si doy estos detalles es porque en mi entorno conocen mi decidido antinatalismo por razones que llamo éticas. No hay que aumentar el sufrimiento en el mundo, hay que reducirlo y prevenirlo. El alma es un potencial de sufrimiento, así que todo nuevo individuo es un nuevo escenario para males posiblemente terribles. Desde un enfoque global es evidente que un mayor número de personas también supone un mayor número de víctimas de todos los problemas graves; hambre, enfermedades, violencia, catástrofes y, en cualquier caso, la muerte, habitualmente rodeada de mucho sufrimiento; lo que llamo dimensión demográfica del sufrimiento. Esta es mi postura, en resumen. Por lo demás, viendo a mis hijas, en al menos una cosa podemos estar de acuerdo todos: se benefician, no poco, de no tener mis genes).
Tenía mi familia un plan preparado. Le dieron a mi hija pequeña, que tenía cinco años entonces, un yogur y una cucharita y mi otra hija, dos años mayor, le dijo:
– Ya sabes, tendrás que ayudar a papá a comer, como si fuera un bebé.
La niña se acercó abriéndose paso entre los tubos y perchas con cara de disfrutar de la situación.
– Abre la boca –dijo–, …Muy bien –y me metió una cucharadita de yogur entre los labios.
Luego, la hermana le pasó una servilleta para limpiarme la boca. Y todos sonrieron a mi costa.
Después se fueron a hacer compras, pero dejaron a la suegra conmigo porque le costaba andar. No sabía muy bien cómo mantener una conversación con ella y, para no esforzarme demasiado, cerré los ojos como si me estuviera venciendo el sueño. Pero mi suegra, tal vez porque era casi ciega, rompió el silencio:
—Estuve en la Catedral de Barcelona y recé para que todo fuera bien con la operación. Y encendí una vela por ti.
Yo no creo en las fórmulas paralelas de intervenir en la realidad que pasan por el cielo. Pero también había que mirar el asunto desde otra perspectiva.
Mi suegra, a la que ni de lejos le hacía el caso que ella siempre me hacía a mí y que constantemente me invitaba a comer a su casa junto con sus hijos y yernos, sin apenas resultado, no merecía que no se lo agradeciera. Así que, inspirado, dije:
—Entre sus rezos y el buen oficio de la doctora que me operó todo ha salido bien.
Con un riñón es suficiente. Y aquí sigo una docena de años después, cómo pasa el tiempo, con la salud y los vicios estables.





