#RelatsCentenariHGG: Cien años no serán suficientes para olvidar

Él era un chico joven, recién ingresado en la unidad por un Hepatocarcinoma en fase terminal que le estaba generando verdaderos estragos. Acompañándole, siempre se encontraba su pareja. Por desgracia, no iba a ser la primera ni la última vez que nos fuéramos a ver.

Su nombre me recordaba a alguien que marcó mucho mi vida, motivo por el cual jamás lo olvidaría. Uno de los motivos más comunes por los que recibimos a pacientes oncológicos, es el manejo del dolor. El dolor que provoca el cáncer, lejos de lo que cree la opinión popular, es insoportablemente cruel. En ese primer ingreso, el objetivo principal era mantener dicho dolor controlado, así como las náuseas derivadas de la enfermedad.

Él era consciente de su mal pronóstico, pero no estaba dispuesto a tirar la toalla. Su deseo de vivir era enorme. Y luchar hasta el último aliento se convirtió en obligación.

Su pareja no se separaba de su lado. Lo ayudaba en todo y era verdaderamente paciente. Un día que se acercó sutilmente al control me dijo: “Suhaila, ¿le podréis dar algo para la ansiedad sin que él sepa que os lo he dicho? Su madre está ingresada en otro hospital, enferma de cáncer y le queda poco tiempo de vida. Él está intentando ocultarlo para no derrumbarse”.

Realmente no sabía qué decir, pero primero me acerqué a aquella habitación para verlo y así hablar con él. No había mucho de qué hablar, se le notaba bastante afectado. Necesitaba urgentemente una atención psicológica y farmacológica que pudiera ayudarle a sobrellevar aquello con lo que la vida lo había puesto a prueba. Salí de la habitación y hablé con su doctora que, haciendo gala de su buen hacer, ejecutó los mecanismos necesarios para resolver esa situación. En cuestión de minutos, se había quedado dormido, dejando atrás por un momento esa montaña rusa de emociones negativas. Semanas después, ya estabilizado, por fin recibió el alta y pudo despedirse de su madre.

Pasaron un par de meses y regresó a planta en peor estado. Con muchísimos menos kilos, una piel cetrina y un rostro invadido por el miedo y el desconcierto. Pero una vez más, allí estaba su pareja, sosteniendo su mundo y haciendo lo posible para que no se desmoronara cual torre de naipes. Pasaban los días y el equipo sanitario, en su conjunto, hacía un esfuerzo titánico por cumplir su deseo de agotar todas las posibilidades de tratamiento y así poder revertir su enfermedad. Nada fue efectivo y la vida empezaba a claudicar. Todos lo sabíamos, incluido él. Finalmente, aceptó su destino y se dejó cuidar como se cuida a alguien en su final de vida. En el argot lo llamamos aplicar medidas de confort: control de síntomas, sedación según evolucionaba la enfermedad, un entorno que otorgara privacidad para el último adiós y acompañamiento en el duelo.

Un día, apareció su padre. Pensaba que tenían algún conflicto familiar que le había impedido presentarse hasta ese momento, pero el motivo de su ausencia era mucho más doloroso. Su forma de hablar, serena y comedida, me recordó a mi padre. Me senté junto a él y aprovechó para contarme entre lágrimas que, en el periodo de un año, había perdido a un hijo y a su mujer de un cáncer fulminante del que aún no se había recuperado. Y en ese momento, estaba nuevamente allí, frente a su hijo, quien estaba postrado en aquella cama de hospital esperando su final.

Cerró los ojos como consecuencia de la sedación, derramó una lágrima y durmió eternamente.

Suhaila, M. Ziyani.